La cocina del paisaje

Hace pocos días tuve la oportunidad de participar en Figueres -invitado por la delegación del Alt Empordà del Colegio de Arquitectos de Catalunya- en el debate sobre el proyecto que la Bulli Foundation tiene previsto construir en la Cala Montjoi, en Roses. Aunque el título del debate era ‘La compatibilidad entre arquitectura y paisaje’, a nadie se le escapaba que tras el debate se hallaba la discusión social sobre el cambio legislativo en curso en el Parlament de Catalunya para permitir el aumento de edificabilidad que el proyecto demanda, que implica superar ampliamente lo permitido en el ámbito del Parque Natural del Cap de Creus, lugar donde se ubican las edificaciones que hasta hace pocos años alojaron el mundialmente conocido restaurante El Bulli de Ferran Adrià.

La Bulli Foundation (www.elbullifoundation.org/), el proyecto estrella de Ferran Adrià, comprende –simplificando en extremo- un centro de investigación/formación con una actividad dirigida a construir la ‘BulliPedia’ que debe acumular el conocimiento culinario, y un espacio expositivo abierto al público dedicado al restaurante El Bulli en el que se explique su evolución y se transmita su experiencia como foco de creatividad.

Ambas actividades se albergarían en el enclave donde se hallaba El Bulli, en Cala Montjoi, pero alojarlas implica un crecimiento del 200% de la superficie edificada, lo que va contra la normativa vigente. Además, las actividades del nuevo centro van a implicar una afluencia de público que, según anunció Enric Ruiz-Geli –el arquitecto responsable del proyecto-, alcanzaría algo menos de 150.000 personas al año (más de 300.000 según otras fuentes). Ambas cosas han supuesto la movilización de grupos sociales (vientosur.info/spip.php?article9479) que se oponen a la ubicación del proyecto en Cala Montjoi por el incremento de actividad social en un espacio natural ya fuertemente antropizado, y con una protección legal que se apoya en normativas europeas, nacionales y locales.

Frente a los argumentos de los opositores a la instalación de este complejo en un lugar ambientalmente sensible, se alzan las voces de los que resaltan la oportunidad que supone para la comarca la instalación de un centro de resonancia mundial gracias a la universalidad de Ferran Adrià. A modo de nuevo Dalí, la figura de Adrià y su fundación reubican el Alt Empordà pero esta vez en un nuevo mapa: el de la gastronomía, elevada hoy a la cima del universo cultural popular. La importancia que ello supone para redefinir el modelo turístico de la comarca en una nueva versión, más acorde con lo que los expertos consideran que debe ser el turismo futuro, fue defendido en el debate por Joan Antoni Donaire, director del Institut de Recerca del Turisme, y usado como principal argumento por Xavier Canosa, urbanista responsable de la legalización del complejo, para defender la utilidad pública de la modificación legislativa pertinente para obtener las licencias para edificarlo, utilidad pública que justifica el proceso iniciado en el Parlament de Catalunya.

Gracias a Jordi Sargatal –pieza clave en la salvación, hace más de treinta años, de los humedales de l’Empordà, y luego director durante quince años del parque natural que los protege- que descartó cualquier incidencia relevante del nuevo Bulli sobre ninguna especie natural (¡y ojalá siempre tuviésemos su criterio y su opinión en esas cuestiones!), y al papel de Lluís Domènech como representante de AxA (Arquitectes per l’Arquitectura) que se encargó del juicio crítico sobre la arquitectura del edificio propuesto por Ruiz-Geli, el toro quedó en suerte para entrar en los temas que a mí más me atraen de esa discusión.

Como, por ejemplo, la utilidad de los instrumentos de los que hoy disponemos para intervenir sobre el paisaje, ya sea para alterarlo o para conservarlo (que es otra manera de alterar algo que es dinámico), frente al nuevo rol que va a tener como sintetizador del debate social respecto a nuestro modelo productivo. Si la forma del territorio es siempre consecuencia del modelo productivo de la sociedad que lo utiliza, su percepción social -los relatos que sobre esa forma se construyen- constituye la otra parte que configura el paisaje. Y la confrontación o la complementariedad de esos relatos como validadores o detractores de esa forma suponen el debate social sobre la legitimidad del territorio producido, de las formas de producirlo. Un debate hoy decisivo en la necesaria transformación de nuestro sistema productivo hacia la sostenibilidad.

El caso que nos ocupa se halla en un parque natural, un instrumento del planeamiento territorial creado para salvaguardar determinados valores ambientales que tienen una singular expresión en el espacio del parque. Normalmente se trata de espacios relictos, residuales en la gran transformación territorial producida por el modelo productivo industrial, que han visto acumularse en ellos la necesidad social de salvaguardar una naturaleza en gran medida mítica. Porque, ¿acaso es natural el paisaje del Cap de Creus?

Miles de quilómetros de bancales de piedra nos hablan de una última colonización históricamente reciente –década de 1870-  del territorio del Cap de Creus para dedicarlo casi sistemáticamente a un monocultivo para la exportación: la viña. Una alteración terrible del paisaje que se hundió al poco con la llegada de la filoxera, y que supuso gravísimos daños sociales y el prolongado abandono del territorio.  Pero que se producían sobre un territorio donde la acción humana había alterado desde mucho tiempo antes no sólo la vegetación y la fauna sino las pendientes y los suelos[1], transformando fuertemente los elementos que constituyen su matriz biofísica.

¿Espacio natural? No. Como tantos otros parques naturales, un espacio cultural fruto de la profunda transformación de las dinámicas naturales -generadas entre los diferentes elementos de la  matriz biofísica del territorio- realizada para atender a la producción de los recursos necesarios para el mantenimiento y la reproducción de la sociedad, y luego abandonado a nuevas dinámicas naturales generadas ahora por una matriz biofísica profundamente alterada por la acción humana. ¿Por qué entonces una figura de protección?¿Por qué no confiar en la capacidad de la sociedad de crear paisaje modelando de nuevo un territorio abandonado, relicto?

La desconfianza nace de la desafección de esas dinámicas territoriales por parte de nuestro actual sistema productivo industrial, por su independencia de ellas gracias a la fuente de recursos minerales que lo alimenta. Al contrario que las sociedades tradicionales -necesariamente dependientes de la gestión de la matriz biofísica para obtener sus recursos- nuestra sociedad industrial no se soporta en los procesos biofísicos del territorio, a los que no concede ningún valor productivo. Incluso la producción agraria no usa el territorio sino como un mero soporte físico y de captación de energía solar y se alimenta mayormente de la energía fósil en forma de fertilizantes, fitosanitarios, maquinaria, etc. Esa ‘desterritorialización’ de nuestro sistema productivo supone una amenaza para los procesos biofísicos por cuanto su uso del territorio es meramente como soporte de actividades productivas alejadas de sus dinámicas, y frecuentemente destructoras de ellas a causa de su metabolismo lineal, productor de residuos y contaminación. Justamente es la conciencia de esa hybris destructiva del medio natural lo que hace surgir la exigencia social de sostenibilidad.

Pero la crisis en la relación con el medio biofísico es algo recurrente ya en las sociedades tradicionales y, de hecho, la expansión europea por todo el globo desde el siglo XV va consumiendo sistemáticamente la fertilidad de los territorios y prorrogando el colapso productivo, primero mediante la conquista y explotación continuada de nuevos territorios y luego con el acceso a los recursos litosféricos –el carbón y los minerales- que permitió la revolución industrial. Y así, los primeros parques naturales establecidos a mediados del siglo XIX en Norteamérica nacieron ya en el marco de un ambicioso proyecto de ‘reconstrucción’ de una naturaleza que se consideraba ya entonces ‘destruida’ por la humanidad. La separación humanidad-naturaleza es un producto cultural de hondas raíces[2], pero que tiene hoy día un carácter diferente por la independencia productiva que la sociedad tiene del medio biofísico y por su inédita capacidad de transformarlo.

¿Quiere ello decir que el parque natural sólo acoge valores sociales, sólo es depositario de proyecciones míticas de una sociedad y soporte de una terapia para aliviar un íntimo malestar social en su relación con el medio?  En absoluto. Quien piense eso, sólo redirigirle a Gilles Clément  y a su Manifiesto del Tercer Paisaje, donde deja bien claro el valor de los espacios abandonados, residuales, relictos, como fuente de vitalidad, de reactor biológico, de creadores de una indispensable biodiversidad. Más en esta interpretación que en la de santuarios de una naturaleza intocada –algo que hace mucho que no existe en Europa y ahora ya, con el cambio climático, en ninguna parte del mundo- radicaría el valor de parques naturales como el de Cap de Creus y justifica su preservación. Pero este no es, desde luego, el valor que socialmente se les atribuye hoy.

El turismo se ha transformado en uno de los mecanismos clave de la redistribución de rentas en nuestra sociedad. Los territorios ‘atrasados’ y de bajas rentas –pero, por lo mismo, con unos residuos de ‘naturaleza’ o de paisajes culturales tradicionales más relevantes- reciben la visita de los habitantes de las regiones más ‘avanzadas’  –y por ello más transformadas- y rentas más altas en busca de un hálito de autenticidad, de naturalidad, que su cotidianeidad creen que les niega. Convertido ya en un producto de consumo, el turismo coloniza el territorio transformando los procesos productivos que construyen los paisajes que le atraen en otros nuevos, orientados a su servicio, destruyendo la base productiva de ese paisaje y de los relatos que los sostienen, coadyuvando con ello a su banalización y a su degradación, a su transformación en un mero escenario para la experiencia turística. Además, tras el turismo (o con él) aparecen los proyectos inmobiliarios y unos modelos de ocupación y gestión del territorio cuyas formas y consecuencias conocemos bien.

El paisaje que construye el turismo es un paisaje soportado en una forma del territorio altamente modificada para ser capaz de sostener el relato –normalmente uniformador y monotemático- que atrae al turista. Sol y playa, patrimonio histórico o cultural, patrimonio natural, aventura, exotismo, exclusividad, y sus variadas combinaciones constituyen los ingredientes con los que se construye y vende el relato turístico, y el territorio se adapta a ello fosilizándose en las formas que precisa ese relato así como acogiendo las infraestructuras –funcionales o financieras- que especulan con él.

Ya recibí –y acepté de buen grado- una reprimenda pública de Joan Antoni Donaire durante el debate por una intervención similar referente al turismo como degradador del medio, diciéndome que no siempre es así. Quizá no, pero lo ha sido en la inmensa mayoría de los casos. Y, casi siempre, el turismo se ha ido convirtiendo en un nuevo monocultivo del territorio que, quizá, esté esperando su propia filoxera. ¿Debemos confiar en el turismo –incluso en una nueva y mejorada expresión- como la actividad que justifique la utilidad pública del nuevo Bulli?¿Es esa la mejor opción?

Decía Josep Pla –y ya se recogió esa expresión en la anterior entrada de este blog- que ‘la cocina es el paisaje en el plato’. En este caso, el material que tenemos es la mejor cocina del mundo empeñada en un trabajo de divulgación sobre la gastronomía y la alimentación. Sobre los alimentos que comemos y nuestra relación con el mundo a través de ellos. ¿Por qué no un proyecto de paisaje desde la cocina? ¿No cabe unir aquel empeño con aquellos otros que pretenden revitalizar el territorio, reconectarnos con él, construyendo un modelo productivo no contaminante? ¿No vale la pena apostar por construir un paisaje del Cap de Creus ligado a la recuperación y la innovación de productos producidos mediante procesos agroecológicos, que repongan y mantengan la fertilidad del suelo, la capacidad productiva del territorio, que resalten el potencial de su singularidad?¿Por una pesca que reconozca la variedad y la especificidad productiva de la costa?¿Por un sistema integrado agro-silvo-pastoril de gestión del territorio que permita productos de calidad que, impulsados por El Bulli, alcancen un precio competitivo que permita la viabilidad económica de ese modelo?¿Acaso la soberanía alimentaria –la seguridad y la calidad de los alimentos- no es una base de la cocina? Recuerdo una frase clave de un libro de Adrià: ‘si no comemos bien es porque no queremos’.

Seguro que existen multitud de iniciativas locales que van en esa dirección y que la Bulli Foundation podría reconocer, multiplicar e impulsar transformando el prestigio de Ferran Adrià en un capital territorial de futuro. Y entonces a mí no me preocupan en absoluto las transformaciones del territorio del Cap de Creus que una iniciativa de este tipo generase. No me preocupa la salvaguarda del Parc Natural porque los primeros interesados en el mantenimiento de la biodiversidad son los agricultores y pescadores ecológicos. No me preocupan las formas que adoptase el territorio ni las infraestructuras que lo ocupasen porque, siendo ecológicas, deben progresivamente liberarse de la dependencia del combustible fósil y, por tanto, promover y adecuarse a las energías y potencialidades locales: se construiría un nuevo paisaje cultural, productivo, real. Independiente de la colonización de relatos ajenos; un paisaje soberano con un relato propio, capaz de crear y exportar conocimiento. Incluso capaz de soportar turismo.

Y  para eso sí que valdría la pena molestar al Parlament de Catalunya y poner en un brete la legislación europea, estatal y autonómica de protección del medio natural. Porque si necesitamos proyectos realmente de futuro, de transformación territorial, no podemos pedir un cambio legislativo para conseguir una licencia de obras para un solar. Porque no puede pedir lo mismo Ferran Adrià que Sheldon Adelson o Enrique Bañuelos.

 

post-scriptum: naturalmente, el COAC no me llevó a Figueres a hacer un discurso sobre el paisaje, sino en mi calidad de experto para juzgar la sostenibilidad del nuevo edificio de El Bulli. A pesar que Enric Ruiz-Geli ha sacado todos los conejos de su magnífica chistera para lograrlo, el problema no está en la eficiencia energética del edificio o en el uso de la piedra seca para revestir sus muros. Como ya comenté en el debate, los edificios no son sostenibles sino las actividades que acogen, y en ese caso –y por ejemplo- todos los ahorros en eficiencia energética y emisiones en el edificio se ven banalizados por la energía y las emisiones que generarán las decenas de miles de visitantes que se desplazarán desde lejanos lugares a cala Montjoi, lo que supondrá una cantidad que será de algún orden de magnitud por encima de las emisiones del edificio. Respecto a los muros de piedra seca, me gustaría tener la ocasión de explicarle a Enric que su uso forma parte de una estrategia cultural de largo alcance como, la que en definitiva debería tener la BulliFoundation

 

[1] Hay una notable precariedad edáfica en toda la zona por esa causa. Ver ‘El paisatge vegetal de la península del Cap de Creus’ Teresa Franquesa. IEC. 1995

[2] Imprescindible ahí la obra de Glacken, ‘Huellas en la playa de Rodas’. La Estrella Polar. Ediciones de El Serbal. 1996

Somos paisaje

(Esta entrada del blog es un largo comentario a una entrada del blog de José Fariña –blog recomendado desde siempre en este espacio- referida a la cuestión del ‘feísmo’, debate aparecido hace ya algunos años en Galicia y en el norte de Portugal respecto a lo que está sucediendo en el paisaje de esa región. Es absolutamente imprescindible leer la entrada de José Fariña en su blog

http://elblogdefarina.blogspot.com.es/2014/11/feismo-y-paisaje-rural-en-galicia.html#more

para conocer el fenómeno del feísmo y entender los comentarios que siguen en un marco adecuado.

Para saber más, una recomendación: ‘Feísmo? Destruír un país’ publicado en 2006 por Difusora de letras, artes e ideas, que recoge las intervenciones que tuvieron lugar en el Foro do Feísmo, en 2004, así como artículos de algunos de los participantes en él. Todo en galego, claro. Acompañan los textos 800 imágenes del feísmo instalado en el paisaje gallego, urbano y rural )

Buenos días José.

Lamento incorporarme algo tarde a la discusión del último tema de tu blog, pero el asunto del feísmo tiene para mí -y creo que en general- un gran interés. Celebro mucho que lo hayas tocado y el enfoque que le has dado. Lamento también que la longitud de este texto no permita incluirlo en los comentarios de tu blog, pero me siento tan incapaz de recortarlo como de dejar de enviártelo.

Enric Tello dice que el paisaje es la expresión del modelo de gestión de los recursos de la sociedad que lo ocupa. Expresión en tanto objeto de percepción, y que se realiza sobre una forma del territorio que resulta de nuestra relación con el medio, de nuestro metabolismo social. Lo que me llamó la atención inicialmente del tema del feísmo es que justamente el término usado para describir el fenómeno supone un juicio estético sobre la forma del territorio, exactamente el tipo de juicio que corresponde aplicar. Me sorprendió luego la aceptación general del juicio, el hecho de ser compartido socialmente y donde creo que la singular relación de los gallegos con su territorio -su proximidad, su uso y presencia cotidianos, casi domésticos- tiene mucho que ver para que el debate se haya producido ahí. Y, por último, el interés mismo del debate que la cuestión ha suscitado.

Simplificando mucho, me atrevería a resumir las posturas frente al feísmo en tres (¡y ya me corregirás si yerro!) La primera, que parece ser la que recoge la nueva ley del suelo gallega, no acepta esa relación entre las formas productivas y su expresión en el territorio. Reclama el mantenimiento de las formas del paisaje en unos estrechos márgenes que posibiliten su aceptación social -como bien dices, la de los urbanitas- lo que obliga a la ‘conservación’ del paisaje -como forma y como expresión- en unos formatos concretos y a través de unas herramientas de planeamiento y de comunicación social a mi juicio incompatibles con una característica determinante del paisaje, que es su propia evolución perceptiva y formal a medida que cambia la sociedad que lo produce. Y cuidado con el turismo, porque es el mecanismo que alimenta esa visión y, desgraciadamente, actúa tanto como redistribuidor de rentas cuanto de destructor de lo que le atrae, justamente por ese mismo efecto redistribuidor que altera las condiciones productivas que producen y mantienen el paisaje.

La segunda postura es la que entiende lógicas las transformaciones del paisaje producidas por nuestro nuevo modo de vida, y que reclama su aceptación. Si el paisaje se está transformando es porque ya no somos ‘el paisano con la vaquiña’ sino que tenemos otra vida distinta, desde luego mucho mejor. ¿O acaso alguien quiere volver a lo de antes? Se hace entonces necesario aceptar esas formas en el paisaje pero reconvertiéndolas en algo asumible, tanto acomodando nuestros valores estéticos -básicamente educándolos con nuevos relatos que los hagan incluso deseables- como entendiendo los mecanismos que las producen y actuando sobre ellos para corregirlas hacia formas diseñadas, más precisas y ordenadas. Esta postura, obviamente muy de arquitecto, parece más ‘natural’, más contemporánea que la anterior, y que permite acoplarse a ella en lugares señalados y mantener paisajes ‘cerrados’ para el turismo e, incluso, construir nuevos atractivos turísticos con los nuevos mecanismos de aceptación del paisaje.

Pero creo que la interesante es una tercera postura que considera que el paisaje es también herramienta de juicio moral, eso es, que su acceptabilidad social es a la vez el reconocimiento a la forma de producirlo, de vivir. Que el paisaje supone un juicio moral de, y sobre, la sociedad que lo produce. Que un paisaje inaceptable -feo- no es sino la expresión de una forma de vivir inadecuada, impertinente (no pertinente) en ese lugar y que, en consecuencia, debe ser cambiada. Y ello requiere una visión informada y compartida sobre el paisaje como expresión de nuestro modelo productivo y de consumo, de nuestra relación con el territorio.

Ello no quiere decir que exista un único paisaje moral, aceptable, bueno, sino que lo que existen son maneras de vivir improcedentes que generan paisajes inaceptables. Esa postura es muy interesante porque propone el paisaje como el elemento clave en el debate social y político. Algo que escapa a la mayor parte del debate sobre sostenibilidad (en WSB14, por ejemplo, ni se olió) pero que es –y debe ser- absolutamente central. El debate sobre el paisaje debe ser el debate determinante, incluyendo los paisajes lejanos que construimos –con el cambio climático, por ejemplo, que afecta ya a todos los paisajes- y el paisaje que, a su vez, nos construyen desde todas partes con la globalización.

A modo de resumen y para concluir, recordar dos sentencias: ‘somos lo que comemos’, la clásica sentencia de Paracelso, y la ya también clásica de Josep Pla ‘la cocina es el paisaje en el plato’. Si construyes con ellas un silogismo, la conclusión es que ‘somos paisaje’. Es todo un programa.

Un abrazo

Albert

Renovar la innovación

Este pasado viernes tuve la oportunidad de disfrutar en Madrid de una comida-debate con los miembros del Foro de Empresas Innovadoras (http://foroempresasinnovadoras.com). Esta asociación sin ánimo de lucro tiene como objetivo fomentar un nuevo tejido productivo para España basado en la innovación y la mejora de la productividad como base de la competitividad de la economía, un modelo opuesto al que hemos tenido hasta ahora –con la burbuja inmobiliario-financiera la productividad total del conjunto de factores cayó en este país entre 1995 y 2010- y que lastra la salida de la crisis en la que nos encontramos.

La comida-debate se enmarca en una serie de reuniones que los miembros del Foro están teniendo con diversos sectores productivos para entender cuáles son los escenarios en los que estos sectores pueden desarrollarse y qué papel pueda tener la innovación en su evolución. Su interés por el sector de la edificación, y en concreto por su reconversión hacia la rehabilitación abordando la cuestión de la eficiencia energética del parque construido, se tradujo en un bombardeo de preguntas y reflexiones que supusieron un auténtico examen para el enfoque que defiende el Grupo de Trabajo para la Rehabilitación (GTR) al que pertenezco.

Formado por gente relevante de la comunidad científica universitaria y de empresarios y cargos en instituciones públicas, la apuesta del Foro por una competitividad basada en la innovación resulta una receta aplicable a muchos países que deben enfrentarse a una dura competencia en una economía globalizada sin recursos naturales o financieros relevantes. La innovación como motor del desarrollo económico, como fuente de competitividad, resulta ser una de esas cuestiones -casi un mantra- dotadas de una positividad que se antoja indiscutible.  Pero, casi como una revancha al intenso pressing al que nos sometieron –me acompañaba Luís Álvarez-Ude, director general de GBC España-, me permití al final de la comida expresar algunas dudas sobre la bondad innata de la innovación. Dudas que quisiera ahora expresar de forma ordenada y un poco más extensa en este blog puesto que tienen que ver con el planteamiento sostenibilista que lo alienta.

¿La ventaja de innovar o la innovación ventajista?

Desde que Adam Smith propugnara el comercio como el mecanismo que permitía adquirir las ventajas que aportaban la especialización productiva y la división del trabajo, el aumento de la demanda ha sido el motor que ha alimentado el crecimiento económico y permitido la expansión del capitalismo. Un aumento de la demanda que reclama innovación en los procesos productivos para hacer más eficiente el capital invertido y, en última instancia, para demostrar esa eficiencia en la competencia con otros en mercados abiertos. Pero esa innovación que alimenta la eficiencia productiva y la competencia económica tiene un marco institucional y un marco físico que condiciona finalmente sus bondades. Pongamos un ejemplo.

En la segunda mitad del siglo XIX, un argentino podía haberse planteado la siguiente cuestión: ‘Los ingleses se llevan la lana de nuestras ovejas en nuestros mercados locales porque pagan más que nadie por ella. Se la llevan a Inglaterra, la cardan, la hilan, la tejen y hacen abrigos con ella. Abrigos que nosotros compramos en nuestros mercados locales porque son más baratos que los hechos acá. Pagan la lana más cara, se la llevan a Inglaterra y los abrigos que traen de allá son más baratos, ¿dónde está el truco?’ Cualquier economista le contestaría que eso es debido a que la productividad del obrero británico era tan superior a la del obrero local que eso le permitía pagar la lana más cara, el transporte a Inglaterra, confeccionar los abrigos y exportarlos de nuevo a Argentina, y aún tener un sueldo superior –al menos nominalmente- al de su colega argentino.

¿Y cuál es la base de esa diferencia de productividad tan elevada? La respuesta es también clara: mientras el obrero argentino teje en un telar manual, el obrero británico maneja una máquina que produce decenas de abrigos en el tiempo que se hace uno en Argentina. Su competitividad se basa esencialmente en una mayor dotación de capital innovador soportado por un comercio que le proporciona un mercado mucho más extenso y, con él, una demanda creciente. Y ese es el discurso de la innovación y su relación con la competitividad de las economías. Pero queda una última pregunta por responder: ¿y cuál es la base de la productividad de la máquina? Bien, la máquina obtiene energía no de los brazos del obrero –como hace el telar argentino- sino de quemar carbón. Eso es, de extraer carbono reducido de la litosfera, oxidarlo para aprovechar la energía que esa combustión produce, y enviar ese carbono oxidado a la atmósfera.

Y hoy sabemos que eso tiene un coste. Sabemos que el vertido continuado de dióxido de carbono a la atmósfera genera un cambio climático cuyos costes ahora son conocidos y empezamos a sufrir. Unos costes que no pagó la fábrica de abrigos británica y que no iban incluidos en el precio del abrigo. Unos costes que se externalizaron y que ahora y en el futuro vamos a pagar.

Pero además, ese carbón no es un recurso renovable. Una vez se ha quemado ya no vuelve a reproducirse (al menos a la velocidad con la que lo consumimos) con lo que la accesibilidad a nuevo carbón será más costosa y con ello la disponibilidad futura del recurso. Lo lógico sería considerarlo un bien de capital e invertirlo sólo cuando su uso permita generar posteriormente unas rentas constantes, no como un recurso renovable como el agua o perpetuo como la energía solar.

Así resulta que la competitividad de la industria británica –que le permitió dominar el mundo- se basaba no tanto en una mayor eficiencia productiva sino, a partir de cierto momento, en una externalización de costes hacia las generaciones futuras –ahora ya la nuestra- en forma de consumo de capital natural irremplazable y de impactos ambientales, lo que suponen unos costes que no se pagan en el producto y que es lo que realmente la hizo competitiva frente a los modelos productivos tradicionales a los que desplazó.

Los costes de innovar (mal)

Naturalmente se alega que el progreso -el cambio social y técnico a gran escala que supuso la revolución industrial- es en realidad el ‘capital’ adquirido a cambio de los recursos no renovables consumidos y de los impactos ambientales generados, y que su futuro desarrollo aportará respuestas a los problemas generados por esa externalización de costes. Pero justamente lo que se plantea es la validez de ese ‘capital’ para afrontar las consecuencias de su desarrollo cuando justamente se sustentó en producirlas. Y por ello se duda de la posibilidad de hacerlo. Veámoslo.

Hemos superado ya las 400 partes por millón (ppm) de contenido de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre, un aumento considerable sobre las 280 ppm que fue el contenido durante –al menos- los mil años anteriores a la revolución industrial. El cambio climático tiene una relación directa con la cantidad de carbono que dejaremos en la atmósfera cuando por fin tengamos un modelo productivo que no emita más carbono que el que puedan absorber los sumideros naturales (y si no llegamos a tenerlo seguirá creciendo inexorablemente), por lo que el reto es realizar ese cambio emitiendo la menor cantidad posible de dióxido de carbono.

¿Cuál es esa cantidad? Y, sobre todo, ¿cómo la repartimos? ¿quién tendrá derecho a emitirla? Y ahí es donde el debate incluye las desigualdades que el desarrollo industrial ha generado, puesto que los países menos industrializados –que son los que ahora se han convertido en emisores, como la China o la India- no admiten cortapisas a su desarrollo o no aceptan un reparto homogéneo del carbono que queda por emitir. ¿Quién puso el carbono que hay ahora en la atmósfera por encima del nivel pre-industrial? ¿acaso Inglaterra y otros países desarrollados no deben su potencia económica y su riqueza a haber empezado antes que nadie a emitir carbono?¿no deberíamos, pues, repartir las emisiones de carbono desde las 280 ppm pre-industriales?¿no deberían reajustarse también las desigualdades entre países ricos y pobres si se cimentaron sobre esa externalidad ambiental? ¿Tiene nuestra sociedad industrial –el ‘capital’ que hemos adquirido a cambio de la transformación de nuestro medio y del consumo de sus recursos- los conocimientos, los medios y la tecnología para afrontar esas cuestiones?

Por otro lado, la viabilidad del cambio de modelo energético que supone la lucha contra el cambio climático no es obvia. Como Tom Murphy nos ha mostrado en ‘The Energy Trap’ (physics.ucsd.edu/do-the-math/2011/10/the-energy-trap), es posible que estemos en una ‘trampa energética’ en la que el hecho de haber gastado ya los recursos energéticos más fácilmente accesibles nos imponga condiciones casi insuperables para construir un nuevo modelo. La Tasa de Retorno Energético (TRE, EROI en sus siglas en inglés) define la cantidad de energía que obtenemos por cada unidad de energía invertida en obtenerla. Por ejemplo, cuántos barriles de petróleo pueden obtenerse por cada barril de petróleo empleado en su extracción. O cuánta energía eólica obtendremos de cada unidad de energía empleada en fabricar la infraestructura –principalmente molinos- necesaria para captarla.

Como hemos ido extrayendo de cada recurso energético los materiales más accesibles la TRE ha ido en progresivo descenso, pero mientras una inversión energética en la extracción de combustibles fósiles se traduce en un retorno inmediato en energía (suponiendo que las infraestructuras de extracción, transporte y refino ya están funcionando), las fuentes renovables requieren la inversión previa de casi toda la energía precisa para ponerlas en marcha, por lo que durante sus primeros años sólo retornan la inversión energética que ha sido necesario hacer para ponerlas en marcha y sólo desde ahí y hasta su amortización final producirán energía neta. Eso es, con una TRE cada vez más baja de los combustibles fósiles debemos invertir energía en financiar sus substitutos renovables (¡o nucleares!, el problema ahí no cambia) distrayendo esa energía del consumo y, por tanto, aumentando su extracción y uso y reduciendo aún más rápidamente su TRE aunque de forma inmediata ello no suponga más energía disponible para el consumo sino menos. Cambiar a un modelo energético renovable implica no sólo una explotación intensa de recursos no renovables –¡con el correspondiente incremento de las emisiones de dióxido de carbono!- en un entorno de escasez creciente, sino también un marco institucional que reconozca y permita resolver ese problema.

Renovar la innovación

Nos damos cuenta así cómo una innovación evaluada en un marco físico e institucional equivocado nos conduce a problemas de un alcance singular. Y la sostenibilidad implica redefinir esos marcos de una forma adecuada. Por ejemplo entendiendo que el cambio de modelo energético hacia un modelo renovable debe sostenerse sobre la eficiencia energética como vector clave puesto que no sólo esa energía ahorrada es la que nos va a permitir disponer de la energía para ‘financiar’ el cambio de modelo, sino porque igual que la TRE nos muestra la limitación en el acceso a un recurso no renovable -por debajo de TRE de 1:1 es obvio que ya no se extrae ese recurso (aunque se supone que eso sucede por debajo de TRE de 3:1)- las energías renovables tienen también limitaciones, y el modelo de crecimiento basado en el incremento de uso de la energía no tiene futuro. Sólo el incremento de la eficiencia energética puede generar crecimiento.

La innovación que necesitamos es una innovación que no se base en externalizar costos, que no rebaje costes sacándolos del balance y llevándolos al medio natural o social. Al contrario necesitamos un modelo de innovación inverso, especialista en incrementar la eficiencia de los recursos, en redefinir no sólo los procesos de producción sino también los satisfactores de las necesidades en orden a reducir la demanda de recursos necesarios para colmarlas. Una innovación que crezca ‘hacia dentro’ en vez de exhalar costes ‘hacia fuera’. Y que configure un marco social orientado hacia ese nuevo objetivo.

Ese es el reto. Y por eso la eficiencia energética debe ser el objetivo fundamental de la innovación en todos los campos. Más aún en la edificación, donde consumimos una tercera parte de la energía comercial que usamos en España. Y claro, nos dirán que no sale a cuenta esa inversión en eficiencia porque al precio actual de la energía no se dan los retornos adecuados. Pero es que promover la eficiencia implica internalizar los costes ambientales y sociales de la energía: necesitamos un acuerdo global sobre emisiones razonable y ajustado que permita poner en marcha el nuevo modelo energético, porque mientras el precio de la energía no refleje los costes reales no nos pondremos en marcha y seguiremos innovando sobre bases falsas. Y cuanto más tardemos en hacerlo más difícil será. Hasta ser imposible.

 

Empezando con energía

Inicio este blog obligado en parte para explicarme sobre el nuevo máster que promueve la Escuela de Arquitectura del Vallès de la Universidad Politécnica de Cataluña y que se inicia el próximo otoño. Un máster que pretende formar visión en arquitectos, urbanistas, ingenieros, y en todos los implicados en el planeamiento y la gestión urbana, en lo que entiendo que debe ser la tarea básica del urbanismo como práctica social de transformación de la ciudad: una herramienta clave en el necesario cambio de nuestro metabolismo social hacia la sostenibilidad.

Espero ir aclarando a lo largo de los escritos que publique en este blog el alcance y significado de ese enunciado, y hacerlo no sólo de forma clara y comprensible sino incidiendo sobre  problemas que puedan ser reconocidos por los ciudadanos, usando en lo posible las oportunidades que la actualidad en general o mi propia actividad me ofrezcan. Y empezamos por una.

Este pasado jueves  atendí una invitación del diario La Vanguardia para participar en un debate sobre la rehabilitación energética. Un debate abierto, sin un temario marcado, pero al que justamente el domingo anterior -23 de febrero- una carta al director de un lector de ese diario le puso norte. En ella su autor –Jaume Font González, de Barcelona- lamenta que ahora ‘nos están diciendo que nuestras viviendas son un derroche de energía’  cuyos costes pagamos los usuarios y que, como consecuencia de la nueva certificación energética obligatoria para vender o alquilar una vivienda, nos imponen unos gastos para mejorarlas que no se pueden sufragar; y eso mientras ’nos están obligando a pagar unos costes por la electricidad que están fuera de nuestro control y que siempre van al alza’. Y que, aunque consumas menos –incluso nada- cada día pagaremos más porque debemos cubrir los costes de las compañías energéticas.

Desde mi compromiso personal y profesional con la rehabilitación a través del Grupo de Trabajo para la Rehabilitación (GTR), entiendo que esa carta demanda respuestas y muestra hasta qué punto debemos dar explicaciones para promover que haya un debate responsable, amplio y claro sobre estas cuestiones. Porque cuando el lector escribe ‘nos están diciendo que nuestras viviendas son un derroche de energía’ me considero incluido en ese ‘nos’ y, por tanto, voy a tratar de dar explicaciones y, al hacerlo, plantear algunas cuestiones para reflexionar.

¿Eficiencia energética?¿Desde cuándo?

Empezando por la ineficiencia energética de nuestras viviendas. Hasta la entrada en vigor del Código Técnico de la Edificación (CTE) de 2006 ningún edificio construido en España ha tenido la obligación de ser eficiente energéticamente. En consecuencia, si hay alguno anterior a esa norma que lo sea, lo será por un interés particular su propietario o de su arquitecto pero no por exigencia social. Antes del CTE, apenas hubo una normativa que exigía un cierto grado de aislamiento térmico, y eso fue como consecuencia de la crisis energética y económica que sacudió el mundo (y particularmente a España) en la segunda mitad de los años setenta cuando, a causa de la guerra arabo-israelí de 1973, los países árabes cortaron el suministro a los países occidentales y el precio del petróleo se multiplicó. Sólo entonces –y porque ‘aunque usted pueda pagarlo, España no puede’- se promulgó una norma que obligaba a un determinado aislamiento térmico en los edificios. Pero sólo fue un destello.

El parque de edificios construidos antes del CTE –o sea, prácticamente todos- basa su comportamiento térmico en dos cosas: en la flexibilidad del ocupante para admitir temperaturas interiores bajas -y a eso se le llama pasar frío- o en gastar dinero en calefacción para mantener la casa caliente. Eso es así porque evolucionaron paralelamente la exigencia de unas condiciones razonables de confort térmico y el aumento de la renta de las familias lo que, generalmente, ha permitido a los hogares destinar una parte cada vez menor de ese aumento de renta a calentar la casa. Hasta el punto que hace unos años empezamos incluso a preocuparnos del calor que pasábamos, lo que sucedió cuando los dispositivos domésticos que nos permitían combatirlo –los splits de aire acondicionado- bajaron de precio hasta hacérnoslos asequibles.

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La evolución de la renta per cápita española hasta el crack de 2008

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Entretanto y alimentando ese proceso, el precio del petróleo bajó progresivamente desde el máximo que alcanzó al principio de los 80 con otra guerra  (la de Irak e Irán, que cerró algunas semanas el Golfo Pérsico) hasta recuperar precios reales similares a los de antes de 1973 a finales de los años 90. Precios de la energía a la baja y rentas al alza durante veinte años instauraron una cultura del confort térmico en el hogar basada en el consumo de energía sin ninguna motivación hacia la eficiencia energética.

Pero desde el cambio de siglo el petróleo no ha hecho más que subir hasta alcanzar sus precios  máximos en la actualidad… y seguirá al alza. Seguro que en algún momento en este blog hablaremos del ‘peak oil’ y de su incidencia en los precios de la energía –puesto que el petróleo supone un tercio de la energía que usa la Humanidad- pero por ahora baste considerar que existen sólidos fundamentos para suponer que el precio de la energía no va a bajar a medio y largo plazo, y que debemos prever un futuro donde la energía ya no va a volver a ser barata.

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Evolución de los precios del petróleo desde 1970 hasta 2008, en dólares constantes

Y es en ese escenario donde nuestras viviendas se han vuelto ineficientes. La energía sube de precio en un momento en el que ya no aumentan nuestras rentas sino que disminuyen, con lo que la estrategia de gastar dinero en calefacción se hace más difícil e implica renunciar a otros gastos, y gana terreno la de pasar frío. Pero nuestras condiciones de vida han mejorado lo suficiente para que ahora nos resulten ajenos los sabañones y, más aún, socialmente insoportables los males que afligen a los hogares con condiciones térmicas insuficientes ya que afectan a la salud de los mayores y al desarrollo de los niños y jóvenes, y que también suponen costes sanitarios y pérdida de rentas futuras. La ‘pobreza energética’, un concepto que se aplica a los hogares que deberían destinar un porcentaje elevado de su renta a mantener unas condiciones térmicas mínimas, se extiende en la sociedad española hasta afectar -como denunció Jordi Évole en su programa ‘Salvados’ gracias a los trabajos pioneros de la Asociación de Ciencias Ambientales- hasta un 15% de los hogares.

La ineficiencia de nuestros hogares ¿sólo nos hace pasar frío?

Pero si familia a familia la ineficiencia energética de nuestros edificios va disminuyendo la calidad de vida al exigir mayor parte de renta para climatizarla -o directamente pasando frío- esa ineficiencia socava también nuestra calidad de vida por otra vía: nuestra balanza de pagos. Vivimos una crisis de deuda en la que nos vemos obligados a devolver el dinero que pedimos prestado durante los años de bonanza, en buena medida para comprar viviendas energéticamente  ineficientes. Para devolver ese dinero tenemos que exportar más de lo que importamos para tener un saldo positivo con el que ir devolviendo la deuda. Y para hacerlo ganando productividad –y con ello competitividad-  estamos devaluando nuestro salario real, eso es, nuestro salario nominal (nuestro sueldo) pero también nuestra sanidad, nuestra educación, nuestros servicios públicos, nuestros auxilios sociales a los más débiles, y pronto nuestras pensiones. Así, todo lo que desequilibre nuestra balanza comercial hacia el ‘debe’ supone en este momento infringir dolor a la población.

Pues bien, en 2010 cerca de dos tercios de nuestro déficit comercial provino de la compra de energía –combustibles fósiles- al exterior. Gastamos dos años después  50.000 millones de euros para importar el 75% de la energía que consumió la sociedad española. Un 20% de ella en nuestros hogares. Dos tercios de esa fracción en calentarnos y calentar agua. La ineficiencia energética de nuestros hogares –y el hecho de suplirla con combustibles fósiles importados- tiene un papel importante en justificar y mantener los recortes que sufrimos.

Por todo ello, ahora tiene una importancia crucial que nuestras viviendas sean derrochadoras de energía y que debamos liberarnos del yugo que nos impone esa ineficiencia en nuestra calidad de vida. ¿Cómo? Mejorando su eficiencia energética. Invirtiendo ahora en una calidad a la que no prestamos atención cuando adquirimos unas viviendas cuyo valor reposaba en gran manera sobre el valor del suelo, un valor especulativo que capturaba y devoraba cualquier rebaja en el precio de construcción obtenida menoscabando calidades de la vivienda, como su eficiencia energética. Un valor especulativo que se ha esfumado en gran medida dejándonos un valor de uso reducido que ahora nos produce costes adicionales. Cuando desde GTR proponemos la rehabilitación energética de la vivienda siempre hay alguien que nos dice que queremos volver a hacerle pagar su vivienda. No es que nosotros queramos, pero es así. Tiene que pagar ahora la parte de su vivienda que debía haber pagado para que fuese eficiente energéticamente y que dedicó a pagar el valor especulativo del suelo en el que se apoya, y debe hacerlo más pronto o más tarde o a la larga le saldrá aún más caro.

Y ya se sabe que nunca es buen momento para invertir en eficiencia energética. Cuando las cosas van bien, porque van bien y podemos pagar la energía y tenemos otras cosas en las que invertir que seguro que nos rentan más (o eso pensábamos). Cuando van mal –como ahora- porque lo que no está accesible es el capital para hacer la inversión (aunque es posible ir obteniéndolo de sucesivos ahorros bien invertidos mediante una estrategia bien articulada, y de eso hablaremos en otra edición de este blog). Y esa es una parte del problema que en GTR hemos tratado en profundidad para resolverla. La otra es que es un ejercicio de paciencia, de invertir y tener resultados a medio y largo plazo puesto que inmediatamente nuestra calidad de vida sólo mejora de forma indirecta con el aumento de la eficiencia energética. Quizá sólo colateralmente obtengamos una mejora de la calidad acústica y una reducción de las molestas corrientes de aire, pero la mejora de la eficiencia energética no produce ningún retorno en calidad de vida que justifique la inversión por sus resultados inmediatos.

Por eso la mejora de la eficiencia energética es de esas actividades propias de sociedades libres, de gente que construye su propio futuro, que quiere hacerse independiente de las ligaduras que le atan a tendencias inexorables. Y eso obliga también a interesarse por la eficiencia del modelo que le suministra la energía.

¡La eficiencia energética tiene que salir de casa!

Porque la eficiencia energética de la vivienda no se detiene en la acometida de la compañía que nos suministra la energía. Continúa más allá en función del modelo de captación, transformación y distribución que la alimenta. No vamos a hacer el esfuerzo de ser eficientes en casa y que no lo sea ni lo promueva el resto de la cadena de suministro. Y el autor de la carta a La Vanguardia lo enuncia bien claro cuando se queja de los precios que pagamos y de cómo somos esclavos de los acuerdos que el Estado tiene adquiridos con los operadores del sistema energético, acuerdos que nos dificultan grandemente adquirir nuestra independencia energética por medio de la eficiencia.

Porque del mismo modo que nuestra cultura del confort térmico en el hogar se construyó sobre un crecimiento de rentas y un decrecimiento de los precios de la energía que nos hacía insensibles a la eficiencia energética, nuestro modelo energético se ha criado también sobre él, con lo que nuestra atención sobre su estructura y evolución ha sido muy reducida. El ejemplo eléctrico debería hacernos enrojecer.

Nos comportamos como niños a los que contentan con un caramelo en forma de una contención de tarifas cuando a primeros de siglo se creyó que la subida del precio de la energía era coyuntural, y luego se volvió una deuda insoportable (el famoso déficit de tarifa) en el peor momento. Aceptamos que la tarifa eléctrica sea un galimatías donde hay de todo y no nos hemos ido preocupando cómo ha ido entrando cada cosa y por qué y para qué, y sólo ahora cada agente implicado quiere justificarse explicándonos su versión de la historia. O que se tomasen decisiones de garantía de inversiones para cubrir predicciones de demandas de potencia eléctrica que no se hacen realidad (como ha pasado en general con todas las infraestructuras), sin que haya habido un debate social sobre el modelo y sus consecuencias. O que ello sea ahora un impedimento para la mejora de la eficiencia energética porque reducir el consumo no reduzca proporcionalmente la factura, y que se castigue con multas inasumibles el libre uso de la energía solar para que no eludamos el pago de esas infraestructuras ahora inútiles. Y ello mientras nos obligan a pagar a precios elevados una energía nuclear producida por centrales amortizadas y generando residuos que habrá que tratar durante miles de años difiriendo así sus costes reales.

Ahora no podemos romper la baraja y desentendernos de compromisos frente a los que hemos sido pasivos, aunque no está de más preguntarse por la responsabilidad de expresidentes de Gobierno y altos cargos ahora en consejos de administración de empresas con las que estamos enredados en ese tema, y reclamar una justa distribución de las cargas. Pero ello no ha de impedirnos –al contrario, debe impelernos y darnos argumentos para hacerlo-  debatir sobre el modelo energético que queremos tener e ir substituyendo el actual. A qué objetivos debe responder y a qué escenarios debe enfrentarse. Y tomar decisiones responsables para transformar nuestro modelo actual hacia un modelo que nos libere de un futuro de costes de energía crecientes y nos haga lo más independientes posible de los combustibles fósiles.

Como la mejora de la eficiencia energética en nuestro hogar, se trata de un proceso lento y trabajoso. Sin beneficios inmediatos que nos motiven. Pero es un debate ineludible para nuestro futuro en el que hemos de reclamar claridad y alcanzar comprensión en el debate. Porque somos nosotros los que vamos a condicionar nuestro futuro con él. Porque la eficiencia energética no es en el fondo sino eso: una forma de hacernos responsables de nuestro futuro.