Somos paisaje

(Esta entrada del blog es un largo comentario a una entrada del blog de José Fariña –blog recomendado desde siempre en este espacio- referida a la cuestión del ‘feísmo’, debate aparecido hace ya algunos años en Galicia y en el norte de Portugal respecto a lo que está sucediendo en el paisaje de esa región. Es absolutamente imprescindible leer la entrada de José Fariña en su blog

http://elblogdefarina.blogspot.com.es/2014/11/feismo-y-paisaje-rural-en-galicia.html#more

para conocer el fenómeno del feísmo y entender los comentarios que siguen en un marco adecuado.

Para saber más, una recomendación: ‘Feísmo? Destruír un país’ publicado en 2006 por Difusora de letras, artes e ideas, que recoge las intervenciones que tuvieron lugar en el Foro do Feísmo, en 2004, así como artículos de algunos de los participantes en él. Todo en galego, claro. Acompañan los textos 800 imágenes del feísmo instalado en el paisaje gallego, urbano y rural )

Buenos días José.

Lamento incorporarme algo tarde a la discusión del último tema de tu blog, pero el asunto del feísmo tiene para mí -y creo que en general- un gran interés. Celebro mucho que lo hayas tocado y el enfoque que le has dado. Lamento también que la longitud de este texto no permita incluirlo en los comentarios de tu blog, pero me siento tan incapaz de recortarlo como de dejar de enviártelo.

Enric Tello dice que el paisaje es la expresión del modelo de gestión de los recursos de la sociedad que lo ocupa. Expresión en tanto objeto de percepción, y que se realiza sobre una forma del territorio que resulta de nuestra relación con el medio, de nuestro metabolismo social. Lo que me llamó la atención inicialmente del tema del feísmo es que justamente el término usado para describir el fenómeno supone un juicio estético sobre la forma del territorio, exactamente el tipo de juicio que corresponde aplicar. Me sorprendió luego la aceptación general del juicio, el hecho de ser compartido socialmente y donde creo que la singular relación de los gallegos con su territorio -su proximidad, su uso y presencia cotidianos, casi domésticos- tiene mucho que ver para que el debate se haya producido ahí. Y, por último, el interés mismo del debate que la cuestión ha suscitado.

Simplificando mucho, me atrevería a resumir las posturas frente al feísmo en tres (¡y ya me corregirás si yerro!) La primera, que parece ser la que recoge la nueva ley del suelo gallega, no acepta esa relación entre las formas productivas y su expresión en el territorio. Reclama el mantenimiento de las formas del paisaje en unos estrechos márgenes que posibiliten su aceptación social -como bien dices, la de los urbanitas- lo que obliga a la ‘conservación’ del paisaje -como forma y como expresión- en unos formatos concretos y a través de unas herramientas de planeamiento y de comunicación social a mi juicio incompatibles con una característica determinante del paisaje, que es su propia evolución perceptiva y formal a medida que cambia la sociedad que lo produce. Y cuidado con el turismo, porque es el mecanismo que alimenta esa visión y, desgraciadamente, actúa tanto como redistribuidor de rentas cuanto de destructor de lo que le atrae, justamente por ese mismo efecto redistribuidor que altera las condiciones productivas que producen y mantienen el paisaje.

La segunda postura es la que entiende lógicas las transformaciones del paisaje producidas por nuestro nuevo modo de vida, y que reclama su aceptación. Si el paisaje se está transformando es porque ya no somos ‘el paisano con la vaquiña’ sino que tenemos otra vida distinta, desde luego mucho mejor. ¿O acaso alguien quiere volver a lo de antes? Se hace entonces necesario aceptar esas formas en el paisaje pero reconvertiéndolas en algo asumible, tanto acomodando nuestros valores estéticos -básicamente educándolos con nuevos relatos que los hagan incluso deseables- como entendiendo los mecanismos que las producen y actuando sobre ellos para corregirlas hacia formas diseñadas, más precisas y ordenadas. Esta postura, obviamente muy de arquitecto, parece más ‘natural’, más contemporánea que la anterior, y que permite acoplarse a ella en lugares señalados y mantener paisajes ‘cerrados’ para el turismo e, incluso, construir nuevos atractivos turísticos con los nuevos mecanismos de aceptación del paisaje.

Pero creo que la interesante es una tercera postura que considera que el paisaje es también herramienta de juicio moral, eso es, que su acceptabilidad social es a la vez el reconocimiento a la forma de producirlo, de vivir. Que el paisaje supone un juicio moral de, y sobre, la sociedad que lo produce. Que un paisaje inaceptable -feo- no es sino la expresión de una forma de vivir inadecuada, impertinente (no pertinente) en ese lugar y que, en consecuencia, debe ser cambiada. Y ello requiere una visión informada y compartida sobre el paisaje como expresión de nuestro modelo productivo y de consumo, de nuestra relación con el territorio.

Ello no quiere decir que exista un único paisaje moral, aceptable, bueno, sino que lo que existen son maneras de vivir improcedentes que generan paisajes inaceptables. Esa postura es muy interesante porque propone el paisaje como el elemento clave en el debate social y político. Algo que escapa a la mayor parte del debate sobre sostenibilidad (en WSB14, por ejemplo, ni se olió) pero que es –y debe ser- absolutamente central. El debate sobre el paisaje debe ser el debate determinante, incluyendo los paisajes lejanos que construimos –con el cambio climático, por ejemplo, que afecta ya a todos los paisajes- y el paisaje que, a su vez, nos construyen desde todas partes con la globalización.

A modo de resumen y para concluir, recordar dos sentencias: ‘somos lo que comemos’, la clásica sentencia de Paracelso, y la ya también clásica de Josep Pla ‘la cocina es el paisaje en el plato’. Si construyes con ellas un silogismo, la conclusión es que ‘somos paisaje’. Es todo un programa.

Un abrazo

Albert

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