Renovar la innovación

Este pasado viernes tuve la oportunidad de disfrutar en Madrid de una comida-debate con los miembros del Foro de Empresas Innovadoras (http://foroempresasinnovadoras.com). Esta asociación sin ánimo de lucro tiene como objetivo fomentar un nuevo tejido productivo para España basado en la innovación y la mejora de la productividad como base de la competitividad de la economía, un modelo opuesto al que hemos tenido hasta ahora –con la burbuja inmobiliario-financiera la productividad total del conjunto de factores cayó en este país entre 1995 y 2010- y que lastra la salida de la crisis en la que nos encontramos.

La comida-debate se enmarca en una serie de reuniones que los miembros del Foro están teniendo con diversos sectores productivos para entender cuáles son los escenarios en los que estos sectores pueden desarrollarse y qué papel pueda tener la innovación en su evolución. Su interés por el sector de la edificación, y en concreto por su reconversión hacia la rehabilitación abordando la cuestión de la eficiencia energética del parque construido, se tradujo en un bombardeo de preguntas y reflexiones que supusieron un auténtico examen para el enfoque que defiende el Grupo de Trabajo para la Rehabilitación (GTR) al que pertenezco.

Formado por gente relevante de la comunidad científica universitaria y de empresarios y cargos en instituciones públicas, la apuesta del Foro por una competitividad basada en la innovación resulta una receta aplicable a muchos países que deben enfrentarse a una dura competencia en una economía globalizada sin recursos naturales o financieros relevantes. La innovación como motor del desarrollo económico, como fuente de competitividad, resulta ser una de esas cuestiones -casi un mantra- dotadas de una positividad que se antoja indiscutible.  Pero, casi como una revancha al intenso pressing al que nos sometieron –me acompañaba Luís Álvarez-Ude, director general de GBC España-, me permití al final de la comida expresar algunas dudas sobre la bondad innata de la innovación. Dudas que quisiera ahora expresar de forma ordenada y un poco más extensa en este blog puesto que tienen que ver con el planteamiento sostenibilista que lo alienta.

¿La ventaja de innovar o la innovación ventajista?

Desde que Adam Smith propugnara el comercio como el mecanismo que permitía adquirir las ventajas que aportaban la especialización productiva y la división del trabajo, el aumento de la demanda ha sido el motor que ha alimentado el crecimiento económico y permitido la expansión del capitalismo. Un aumento de la demanda que reclama innovación en los procesos productivos para hacer más eficiente el capital invertido y, en última instancia, para demostrar esa eficiencia en la competencia con otros en mercados abiertos. Pero esa innovación que alimenta la eficiencia productiva y la competencia económica tiene un marco institucional y un marco físico que condiciona finalmente sus bondades. Pongamos un ejemplo.

En la segunda mitad del siglo XIX, un argentino podía haberse planteado la siguiente cuestión: ‘Los ingleses se llevan la lana de nuestras ovejas en nuestros mercados locales porque pagan más que nadie por ella. Se la llevan a Inglaterra, la cardan, la hilan, la tejen y hacen abrigos con ella. Abrigos que nosotros compramos en nuestros mercados locales porque son más baratos que los hechos acá. Pagan la lana más cara, se la llevan a Inglaterra y los abrigos que traen de allá son más baratos, ¿dónde está el truco?’ Cualquier economista le contestaría que eso es debido a que la productividad del obrero británico era tan superior a la del obrero local que eso le permitía pagar la lana más cara, el transporte a Inglaterra, confeccionar los abrigos y exportarlos de nuevo a Argentina, y aún tener un sueldo superior –al menos nominalmente- al de su colega argentino.

¿Y cuál es la base de esa diferencia de productividad tan elevada? La respuesta es también clara: mientras el obrero argentino teje en un telar manual, el obrero británico maneja una máquina que produce decenas de abrigos en el tiempo que se hace uno en Argentina. Su competitividad se basa esencialmente en una mayor dotación de capital innovador soportado por un comercio que le proporciona un mercado mucho más extenso y, con él, una demanda creciente. Y ese es el discurso de la innovación y su relación con la competitividad de las economías. Pero queda una última pregunta por responder: ¿y cuál es la base de la productividad de la máquina? Bien, la máquina obtiene energía no de los brazos del obrero –como hace el telar argentino- sino de quemar carbón. Eso es, de extraer carbono reducido de la litosfera, oxidarlo para aprovechar la energía que esa combustión produce, y enviar ese carbono oxidado a la atmósfera.

Y hoy sabemos que eso tiene un coste. Sabemos que el vertido continuado de dióxido de carbono a la atmósfera genera un cambio climático cuyos costes ahora son conocidos y empezamos a sufrir. Unos costes que no pagó la fábrica de abrigos británica y que no iban incluidos en el precio del abrigo. Unos costes que se externalizaron y que ahora y en el futuro vamos a pagar.

Pero además, ese carbón no es un recurso renovable. Una vez se ha quemado ya no vuelve a reproducirse (al menos a la velocidad con la que lo consumimos) con lo que la accesibilidad a nuevo carbón será más costosa y con ello la disponibilidad futura del recurso. Lo lógico sería considerarlo un bien de capital e invertirlo sólo cuando su uso permita generar posteriormente unas rentas constantes, no como un recurso renovable como el agua o perpetuo como la energía solar.

Así resulta que la competitividad de la industria británica –que le permitió dominar el mundo- se basaba no tanto en una mayor eficiencia productiva sino, a partir de cierto momento, en una externalización de costes hacia las generaciones futuras –ahora ya la nuestra- en forma de consumo de capital natural irremplazable y de impactos ambientales, lo que suponen unos costes que no se pagan en el producto y que es lo que realmente la hizo competitiva frente a los modelos productivos tradicionales a los que desplazó.

Los costes de innovar (mal)

Naturalmente se alega que el progreso -el cambio social y técnico a gran escala que supuso la revolución industrial- es en realidad el ‘capital’ adquirido a cambio de los recursos no renovables consumidos y de los impactos ambientales generados, y que su futuro desarrollo aportará respuestas a los problemas generados por esa externalización de costes. Pero justamente lo que se plantea es la validez de ese ‘capital’ para afrontar las consecuencias de su desarrollo cuando justamente se sustentó en producirlas. Y por ello se duda de la posibilidad de hacerlo. Veámoslo.

Hemos superado ya las 400 partes por millón (ppm) de contenido de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre, un aumento considerable sobre las 280 ppm que fue el contenido durante –al menos- los mil años anteriores a la revolución industrial. El cambio climático tiene una relación directa con la cantidad de carbono que dejaremos en la atmósfera cuando por fin tengamos un modelo productivo que no emita más carbono que el que puedan absorber los sumideros naturales (y si no llegamos a tenerlo seguirá creciendo inexorablemente), por lo que el reto es realizar ese cambio emitiendo la menor cantidad posible de dióxido de carbono.

¿Cuál es esa cantidad? Y, sobre todo, ¿cómo la repartimos? ¿quién tendrá derecho a emitirla? Y ahí es donde el debate incluye las desigualdades que el desarrollo industrial ha generado, puesto que los países menos industrializados –que son los que ahora se han convertido en emisores, como la China o la India- no admiten cortapisas a su desarrollo o no aceptan un reparto homogéneo del carbono que queda por emitir. ¿Quién puso el carbono que hay ahora en la atmósfera por encima del nivel pre-industrial? ¿acaso Inglaterra y otros países desarrollados no deben su potencia económica y su riqueza a haber empezado antes que nadie a emitir carbono?¿no deberíamos, pues, repartir las emisiones de carbono desde las 280 ppm pre-industriales?¿no deberían reajustarse también las desigualdades entre países ricos y pobres si se cimentaron sobre esa externalidad ambiental? ¿Tiene nuestra sociedad industrial –el ‘capital’ que hemos adquirido a cambio de la transformación de nuestro medio y del consumo de sus recursos- los conocimientos, los medios y la tecnología para afrontar esas cuestiones?

Por otro lado, la viabilidad del cambio de modelo energético que supone la lucha contra el cambio climático no es obvia. Como Tom Murphy nos ha mostrado en ‘The Energy Trap’ (physics.ucsd.edu/do-the-math/2011/10/the-energy-trap), es posible que estemos en una ‘trampa energética’ en la que el hecho de haber gastado ya los recursos energéticos más fácilmente accesibles nos imponga condiciones casi insuperables para construir un nuevo modelo. La Tasa de Retorno Energético (TRE, EROI en sus siglas en inglés) define la cantidad de energía que obtenemos por cada unidad de energía invertida en obtenerla. Por ejemplo, cuántos barriles de petróleo pueden obtenerse por cada barril de petróleo empleado en su extracción. O cuánta energía eólica obtendremos de cada unidad de energía empleada en fabricar la infraestructura –principalmente molinos- necesaria para captarla.

Como hemos ido extrayendo de cada recurso energético los materiales más accesibles la TRE ha ido en progresivo descenso, pero mientras una inversión energética en la extracción de combustibles fósiles se traduce en un retorno inmediato en energía (suponiendo que las infraestructuras de extracción, transporte y refino ya están funcionando), las fuentes renovables requieren la inversión previa de casi toda la energía precisa para ponerlas en marcha, por lo que durante sus primeros años sólo retornan la inversión energética que ha sido necesario hacer para ponerlas en marcha y sólo desde ahí y hasta su amortización final producirán energía neta. Eso es, con una TRE cada vez más baja de los combustibles fósiles debemos invertir energía en financiar sus substitutos renovables (¡o nucleares!, el problema ahí no cambia) distrayendo esa energía del consumo y, por tanto, aumentando su extracción y uso y reduciendo aún más rápidamente su TRE aunque de forma inmediata ello no suponga más energía disponible para el consumo sino menos. Cambiar a un modelo energético renovable implica no sólo una explotación intensa de recursos no renovables –¡con el correspondiente incremento de las emisiones de dióxido de carbono!- en un entorno de escasez creciente, sino también un marco institucional que reconozca y permita resolver ese problema.

Renovar la innovación

Nos damos cuenta así cómo una innovación evaluada en un marco físico e institucional equivocado nos conduce a problemas de un alcance singular. Y la sostenibilidad implica redefinir esos marcos de una forma adecuada. Por ejemplo entendiendo que el cambio de modelo energético hacia un modelo renovable debe sostenerse sobre la eficiencia energética como vector clave puesto que no sólo esa energía ahorrada es la que nos va a permitir disponer de la energía para ‘financiar’ el cambio de modelo, sino porque igual que la TRE nos muestra la limitación en el acceso a un recurso no renovable -por debajo de TRE de 1:1 es obvio que ya no se extrae ese recurso (aunque se supone que eso sucede por debajo de TRE de 3:1)- las energías renovables tienen también limitaciones, y el modelo de crecimiento basado en el incremento de uso de la energía no tiene futuro. Sólo el incremento de la eficiencia energética puede generar crecimiento.

La innovación que necesitamos es una innovación que no se base en externalizar costos, que no rebaje costes sacándolos del balance y llevándolos al medio natural o social. Al contrario necesitamos un modelo de innovación inverso, especialista en incrementar la eficiencia de los recursos, en redefinir no sólo los procesos de producción sino también los satisfactores de las necesidades en orden a reducir la demanda de recursos necesarios para colmarlas. Una innovación que crezca ‘hacia dentro’ en vez de exhalar costes ‘hacia fuera’. Y que configure un marco social orientado hacia ese nuevo objetivo.

Ese es el reto. Y por eso la eficiencia energética debe ser el objetivo fundamental de la innovación en todos los campos. Más aún en la edificación, donde consumimos una tercera parte de la energía comercial que usamos en España. Y claro, nos dirán que no sale a cuenta esa inversión en eficiencia porque al precio actual de la energía no se dan los retornos adecuados. Pero es que promover la eficiencia implica internalizar los costes ambientales y sociales de la energía: necesitamos un acuerdo global sobre emisiones razonable y ajustado que permita poner en marcha el nuevo modelo energético, porque mientras el precio de la energía no refleje los costes reales no nos pondremos en marcha y seguiremos innovando sobre bases falsas. Y cuanto más tardemos en hacerlo más difícil será. Hasta ser imposible.

 

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2 pensamientos en “Renovar la innovación

  1. Muy buen debate, admito que soy nueva en el tema, encontré el blog por pura casualidad o causalidad, ya que en estos momentos me encuentro realizando mi memoria de grado acerca de los estilos de vida sustentables; soy tesista de la Universidad de Los Andes Venezuela Táchira, y me gustaría en la medida de lo posible poder obtener mayor información sobre esta temática si esta en sus manos colaborarme con información, material o link me sería de suma ayuda mi correo es: daniela.medina@aiesec.net
    Se despide Daniela Medina!

    • Gracias Daniela. Voy tratando de dar algún apunte bibliográfico en el texto (procurando no abusar: los universitarios estaríamos todo el día recitando bibliografía) pero el tema es amplísimo. Te escribo al correo que me das

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