Renovar la innovación

Este pasado viernes tuve la oportunidad de disfrutar en Madrid de una comida-debate con los miembros del Foro de Empresas Innovadoras (http://foroempresasinnovadoras.com). Esta asociación sin ánimo de lucro tiene como objetivo fomentar un nuevo tejido productivo para España basado en la innovación y la mejora de la productividad como base de la competitividad de la economía, un modelo opuesto al que hemos tenido hasta ahora –con la burbuja inmobiliario-financiera la productividad total del conjunto de factores cayó en este país entre 1995 y 2010- y que lastra la salida de la crisis en la que nos encontramos.

La comida-debate se enmarca en una serie de reuniones que los miembros del Foro están teniendo con diversos sectores productivos para entender cuáles son los escenarios en los que estos sectores pueden desarrollarse y qué papel pueda tener la innovación en su evolución. Su interés por el sector de la edificación, y en concreto por su reconversión hacia la rehabilitación abordando la cuestión de la eficiencia energética del parque construido, se tradujo en un bombardeo de preguntas y reflexiones que supusieron un auténtico examen para el enfoque que defiende el Grupo de Trabajo para la Rehabilitación (GTR) al que pertenezco.

Formado por gente relevante de la comunidad científica universitaria y de empresarios y cargos en instituciones públicas, la apuesta del Foro por una competitividad basada en la innovación resulta una receta aplicable a muchos países que deben enfrentarse a una dura competencia en una economía globalizada sin recursos naturales o financieros relevantes. La innovación como motor del desarrollo económico, como fuente de competitividad, resulta ser una de esas cuestiones -casi un mantra- dotadas de una positividad que se antoja indiscutible.  Pero, casi como una revancha al intenso pressing al que nos sometieron –me acompañaba Luís Álvarez-Ude, director general de GBC España-, me permití al final de la comida expresar algunas dudas sobre la bondad innata de la innovación. Dudas que quisiera ahora expresar de forma ordenada y un poco más extensa en este blog puesto que tienen que ver con el planteamiento sostenibilista que lo alienta.

¿La ventaja de innovar o la innovación ventajista?

Desde que Adam Smith propugnara el comercio como el mecanismo que permitía adquirir las ventajas que aportaban la especialización productiva y la división del trabajo, el aumento de la demanda ha sido el motor que ha alimentado el crecimiento económico y permitido la expansión del capitalismo. Un aumento de la demanda que reclama innovación en los procesos productivos para hacer más eficiente el capital invertido y, en última instancia, para demostrar esa eficiencia en la competencia con otros en mercados abiertos. Pero esa innovación que alimenta la eficiencia productiva y la competencia económica tiene un marco institucional y un marco físico que condiciona finalmente sus bondades. Pongamos un ejemplo.

En la segunda mitad del siglo XIX, un argentino podía haberse planteado la siguiente cuestión: ‘Los ingleses se llevan la lana de nuestras ovejas en nuestros mercados locales porque pagan más que nadie por ella. Se la llevan a Inglaterra, la cardan, la hilan, la tejen y hacen abrigos con ella. Abrigos que nosotros compramos en nuestros mercados locales porque son más baratos que los hechos acá. Pagan la lana más cara, se la llevan a Inglaterra y los abrigos que traen de allá son más baratos, ¿dónde está el truco?’ Cualquier economista le contestaría que eso es debido a que la productividad del obrero británico era tan superior a la del obrero local que eso le permitía pagar la lana más cara, el transporte a Inglaterra, confeccionar los abrigos y exportarlos de nuevo a Argentina, y aún tener un sueldo superior –al menos nominalmente- al de su colega argentino.

¿Y cuál es la base de esa diferencia de productividad tan elevada? La respuesta es también clara: mientras el obrero argentino teje en un telar manual, el obrero británico maneja una máquina que produce decenas de abrigos en el tiempo que se hace uno en Argentina. Su competitividad se basa esencialmente en una mayor dotación de capital innovador soportado por un comercio que le proporciona un mercado mucho más extenso y, con él, una demanda creciente. Y ese es el discurso de la innovación y su relación con la competitividad de las economías. Pero queda una última pregunta por responder: ¿y cuál es la base de la productividad de la máquina? Bien, la máquina obtiene energía no de los brazos del obrero –como hace el telar argentino- sino de quemar carbón. Eso es, de extraer carbono reducido de la litosfera, oxidarlo para aprovechar la energía que esa combustión produce, y enviar ese carbono oxidado a la atmósfera.

Y hoy sabemos que eso tiene un coste. Sabemos que el vertido continuado de dióxido de carbono a la atmósfera genera un cambio climático cuyos costes ahora son conocidos y empezamos a sufrir. Unos costes que no pagó la fábrica de abrigos británica y que no iban incluidos en el precio del abrigo. Unos costes que se externalizaron y que ahora y en el futuro vamos a pagar.

Pero además, ese carbón no es un recurso renovable. Una vez se ha quemado ya no vuelve a reproducirse (al menos a la velocidad con la que lo consumimos) con lo que la accesibilidad a nuevo carbón será más costosa y con ello la disponibilidad futura del recurso. Lo lógico sería considerarlo un bien de capital e invertirlo sólo cuando su uso permita generar posteriormente unas rentas constantes, no como un recurso renovable como el agua o perpetuo como la energía solar.

Así resulta que la competitividad de la industria británica –que le permitió dominar el mundo- se basaba no tanto en una mayor eficiencia productiva sino, a partir de cierto momento, en una externalización de costes hacia las generaciones futuras –ahora ya la nuestra- en forma de consumo de capital natural irremplazable y de impactos ambientales, lo que suponen unos costes que no se pagan en el producto y que es lo que realmente la hizo competitiva frente a los modelos productivos tradicionales a los que desplazó.

Los costes de innovar (mal)

Naturalmente se alega que el progreso -el cambio social y técnico a gran escala que supuso la revolución industrial- es en realidad el ‘capital’ adquirido a cambio de los recursos no renovables consumidos y de los impactos ambientales generados, y que su futuro desarrollo aportará respuestas a los problemas generados por esa externalización de costes. Pero justamente lo que se plantea es la validez de ese ‘capital’ para afrontar las consecuencias de su desarrollo cuando justamente se sustentó en producirlas. Y por ello se duda de la posibilidad de hacerlo. Veámoslo.

Hemos superado ya las 400 partes por millón (ppm) de contenido de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre, un aumento considerable sobre las 280 ppm que fue el contenido durante –al menos- los mil años anteriores a la revolución industrial. El cambio climático tiene una relación directa con la cantidad de carbono que dejaremos en la atmósfera cuando por fin tengamos un modelo productivo que no emita más carbono que el que puedan absorber los sumideros naturales (y si no llegamos a tenerlo seguirá creciendo inexorablemente), por lo que el reto es realizar ese cambio emitiendo la menor cantidad posible de dióxido de carbono.

¿Cuál es esa cantidad? Y, sobre todo, ¿cómo la repartimos? ¿quién tendrá derecho a emitirla? Y ahí es donde el debate incluye las desigualdades que el desarrollo industrial ha generado, puesto que los países menos industrializados –que son los que ahora se han convertido en emisores, como la China o la India- no admiten cortapisas a su desarrollo o no aceptan un reparto homogéneo del carbono que queda por emitir. ¿Quién puso el carbono que hay ahora en la atmósfera por encima del nivel pre-industrial? ¿acaso Inglaterra y otros países desarrollados no deben su potencia económica y su riqueza a haber empezado antes que nadie a emitir carbono?¿no deberíamos, pues, repartir las emisiones de carbono desde las 280 ppm pre-industriales?¿no deberían reajustarse también las desigualdades entre países ricos y pobres si se cimentaron sobre esa externalidad ambiental? ¿Tiene nuestra sociedad industrial –el ‘capital’ que hemos adquirido a cambio de la transformación de nuestro medio y del consumo de sus recursos- los conocimientos, los medios y la tecnología para afrontar esas cuestiones?

Por otro lado, la viabilidad del cambio de modelo energético que supone la lucha contra el cambio climático no es obvia. Como Tom Murphy nos ha mostrado en ‘The Energy Trap’ (physics.ucsd.edu/do-the-math/2011/10/the-energy-trap), es posible que estemos en una ‘trampa energética’ en la que el hecho de haber gastado ya los recursos energéticos más fácilmente accesibles nos imponga condiciones casi insuperables para construir un nuevo modelo. La Tasa de Retorno Energético (TRE, EROI en sus siglas en inglés) define la cantidad de energía que obtenemos por cada unidad de energía invertida en obtenerla. Por ejemplo, cuántos barriles de petróleo pueden obtenerse por cada barril de petróleo empleado en su extracción. O cuánta energía eólica obtendremos de cada unidad de energía empleada en fabricar la infraestructura –principalmente molinos- necesaria para captarla.

Como hemos ido extrayendo de cada recurso energético los materiales más accesibles la TRE ha ido en progresivo descenso, pero mientras una inversión energética en la extracción de combustibles fósiles se traduce en un retorno inmediato en energía (suponiendo que las infraestructuras de extracción, transporte y refino ya están funcionando), las fuentes renovables requieren la inversión previa de casi toda la energía precisa para ponerlas en marcha, por lo que durante sus primeros años sólo retornan la inversión energética que ha sido necesario hacer para ponerlas en marcha y sólo desde ahí y hasta su amortización final producirán energía neta. Eso es, con una TRE cada vez más baja de los combustibles fósiles debemos invertir energía en financiar sus substitutos renovables (¡o nucleares!, el problema ahí no cambia) distrayendo esa energía del consumo y, por tanto, aumentando su extracción y uso y reduciendo aún más rápidamente su TRE aunque de forma inmediata ello no suponga más energía disponible para el consumo sino menos. Cambiar a un modelo energético renovable implica no sólo una explotación intensa de recursos no renovables –¡con el correspondiente incremento de las emisiones de dióxido de carbono!- en un entorno de escasez creciente, sino también un marco institucional que reconozca y permita resolver ese problema.

Renovar la innovación

Nos damos cuenta así cómo una innovación evaluada en un marco físico e institucional equivocado nos conduce a problemas de un alcance singular. Y la sostenibilidad implica redefinir esos marcos de una forma adecuada. Por ejemplo entendiendo que el cambio de modelo energético hacia un modelo renovable debe sostenerse sobre la eficiencia energética como vector clave puesto que no sólo esa energía ahorrada es la que nos va a permitir disponer de la energía para ‘financiar’ el cambio de modelo, sino porque igual que la TRE nos muestra la limitación en el acceso a un recurso no renovable -por debajo de TRE de 1:1 es obvio que ya no se extrae ese recurso (aunque se supone que eso sucede por debajo de TRE de 3:1)- las energías renovables tienen también limitaciones, y el modelo de crecimiento basado en el incremento de uso de la energía no tiene futuro. Sólo el incremento de la eficiencia energética puede generar crecimiento.

La innovación que necesitamos es una innovación que no se base en externalizar costos, que no rebaje costes sacándolos del balance y llevándolos al medio natural o social. Al contrario necesitamos un modelo de innovación inverso, especialista en incrementar la eficiencia de los recursos, en redefinir no sólo los procesos de producción sino también los satisfactores de las necesidades en orden a reducir la demanda de recursos necesarios para colmarlas. Una innovación que crezca ‘hacia dentro’ en vez de exhalar costes ‘hacia fuera’. Y que configure un marco social orientado hacia ese nuevo objetivo.

Ese es el reto. Y por eso la eficiencia energética debe ser el objetivo fundamental de la innovación en todos los campos. Más aún en la edificación, donde consumimos una tercera parte de la energía comercial que usamos en España. Y claro, nos dirán que no sale a cuenta esa inversión en eficiencia porque al precio actual de la energía no se dan los retornos adecuados. Pero es que promover la eficiencia implica internalizar los costes ambientales y sociales de la energía: necesitamos un acuerdo global sobre emisiones razonable y ajustado que permita poner en marcha el nuevo modelo energético, porque mientras el precio de la energía no refleje los costes reales no nos pondremos en marcha y seguiremos innovando sobre bases falsas. Y cuanto más tardemos en hacerlo más difícil será. Hasta ser imposible.

 

Anuncios

Empezando con energía

Inicio este blog obligado en parte para explicarme sobre el nuevo máster que promueve la Escuela de Arquitectura del Vallès de la Universidad Politécnica de Cataluña y que se inicia el próximo otoño. Un máster que pretende formar visión en arquitectos, urbanistas, ingenieros, y en todos los implicados en el planeamiento y la gestión urbana, en lo que entiendo que debe ser la tarea básica del urbanismo como práctica social de transformación de la ciudad: una herramienta clave en el necesario cambio de nuestro metabolismo social hacia la sostenibilidad.

Espero ir aclarando a lo largo de los escritos que publique en este blog el alcance y significado de ese enunciado, y hacerlo no sólo de forma clara y comprensible sino incidiendo sobre  problemas que puedan ser reconocidos por los ciudadanos, usando en lo posible las oportunidades que la actualidad en general o mi propia actividad me ofrezcan. Y empezamos por una.

Este pasado jueves  atendí una invitación del diario La Vanguardia para participar en un debate sobre la rehabilitación energética. Un debate abierto, sin un temario marcado, pero al que justamente el domingo anterior -23 de febrero- una carta al director de un lector de ese diario le puso norte. En ella su autor –Jaume Font González, de Barcelona- lamenta que ahora ‘nos están diciendo que nuestras viviendas son un derroche de energía’  cuyos costes pagamos los usuarios y que, como consecuencia de la nueva certificación energética obligatoria para vender o alquilar una vivienda, nos imponen unos gastos para mejorarlas que no se pueden sufragar; y eso mientras ’nos están obligando a pagar unos costes por la electricidad que están fuera de nuestro control y que siempre van al alza’. Y que, aunque consumas menos –incluso nada- cada día pagaremos más porque debemos cubrir los costes de las compañías energéticas.

Desde mi compromiso personal y profesional con la rehabilitación a través del Grupo de Trabajo para la Rehabilitación (GTR), entiendo que esa carta demanda respuestas y muestra hasta qué punto debemos dar explicaciones para promover que haya un debate responsable, amplio y claro sobre estas cuestiones. Porque cuando el lector escribe ‘nos están diciendo que nuestras viviendas son un derroche de energía’ me considero incluido en ese ‘nos’ y, por tanto, voy a tratar de dar explicaciones y, al hacerlo, plantear algunas cuestiones para reflexionar.

¿Eficiencia energética?¿Desde cuándo?

Empezando por la ineficiencia energética de nuestras viviendas. Hasta la entrada en vigor del Código Técnico de la Edificación (CTE) de 2006 ningún edificio construido en España ha tenido la obligación de ser eficiente energéticamente. En consecuencia, si hay alguno anterior a esa norma que lo sea, lo será por un interés particular su propietario o de su arquitecto pero no por exigencia social. Antes del CTE, apenas hubo una normativa que exigía un cierto grado de aislamiento térmico, y eso fue como consecuencia de la crisis energética y económica que sacudió el mundo (y particularmente a España) en la segunda mitad de los años setenta cuando, a causa de la guerra arabo-israelí de 1973, los países árabes cortaron el suministro a los países occidentales y el precio del petróleo se multiplicó. Sólo entonces –y porque ‘aunque usted pueda pagarlo, España no puede’- se promulgó una norma que obligaba a un determinado aislamiento térmico en los edificios. Pero sólo fue un destello.

El parque de edificios construidos antes del CTE –o sea, prácticamente todos- basa su comportamiento térmico en dos cosas: en la flexibilidad del ocupante para admitir temperaturas interiores bajas -y a eso se le llama pasar frío- o en gastar dinero en calefacción para mantener la casa caliente. Eso es así porque evolucionaron paralelamente la exigencia de unas condiciones razonables de confort térmico y el aumento de la renta de las familias lo que, generalmente, ha permitido a los hogares destinar una parte cada vez menor de ese aumento de renta a calentar la casa. Hasta el punto que hace unos años empezamos incluso a preocuparnos del calor que pasábamos, lo que sucedió cuando los dispositivos domésticos que nos permitían combatirlo –los splits de aire acondicionado- bajaron de precio hasta hacérnoslos asequibles.

Imagen

La evolución de la renta per cápita española hasta el crack de 2008

http://wonkapistas.blogspot.com.es

Entretanto y alimentando ese proceso, el precio del petróleo bajó progresivamente desde el máximo que alcanzó al principio de los 80 con otra guerra  (la de Irak e Irán, que cerró algunas semanas el Golfo Pérsico) hasta recuperar precios reales similares a los de antes de 1973 a finales de los años 90. Precios de la energía a la baja y rentas al alza durante veinte años instauraron una cultura del confort térmico en el hogar basada en el consumo de energía sin ninguna motivación hacia la eficiencia energética.

Pero desde el cambio de siglo el petróleo no ha hecho más que subir hasta alcanzar sus precios  máximos en la actualidad… y seguirá al alza. Seguro que en algún momento en este blog hablaremos del ‘peak oil’ y de su incidencia en los precios de la energía –puesto que el petróleo supone un tercio de la energía que usa la Humanidad- pero por ahora baste considerar que existen sólidos fundamentos para suponer que el precio de la energía no va a bajar a medio y largo plazo, y que debemos prever un futuro donde la energía ya no va a volver a ser barata.

Imagen

Evolución de los precios del petróleo desde 1970 hasta 2008, en dólares constantes

Y es en ese escenario donde nuestras viviendas se han vuelto ineficientes. La energía sube de precio en un momento en el que ya no aumentan nuestras rentas sino que disminuyen, con lo que la estrategia de gastar dinero en calefacción se hace más difícil e implica renunciar a otros gastos, y gana terreno la de pasar frío. Pero nuestras condiciones de vida han mejorado lo suficiente para que ahora nos resulten ajenos los sabañones y, más aún, socialmente insoportables los males que afligen a los hogares con condiciones térmicas insuficientes ya que afectan a la salud de los mayores y al desarrollo de los niños y jóvenes, y que también suponen costes sanitarios y pérdida de rentas futuras. La ‘pobreza energética’, un concepto que se aplica a los hogares que deberían destinar un porcentaje elevado de su renta a mantener unas condiciones térmicas mínimas, se extiende en la sociedad española hasta afectar -como denunció Jordi Évole en su programa ‘Salvados’ gracias a los trabajos pioneros de la Asociación de Ciencias Ambientales- hasta un 15% de los hogares.

La ineficiencia de nuestros hogares ¿sólo nos hace pasar frío?

Pero si familia a familia la ineficiencia energética de nuestros edificios va disminuyendo la calidad de vida al exigir mayor parte de renta para climatizarla -o directamente pasando frío- esa ineficiencia socava también nuestra calidad de vida por otra vía: nuestra balanza de pagos. Vivimos una crisis de deuda en la que nos vemos obligados a devolver el dinero que pedimos prestado durante los años de bonanza, en buena medida para comprar viviendas energéticamente  ineficientes. Para devolver ese dinero tenemos que exportar más de lo que importamos para tener un saldo positivo con el que ir devolviendo la deuda. Y para hacerlo ganando productividad –y con ello competitividad-  estamos devaluando nuestro salario real, eso es, nuestro salario nominal (nuestro sueldo) pero también nuestra sanidad, nuestra educación, nuestros servicios públicos, nuestros auxilios sociales a los más débiles, y pronto nuestras pensiones. Así, todo lo que desequilibre nuestra balanza comercial hacia el ‘debe’ supone en este momento infringir dolor a la población.

Pues bien, en 2010 cerca de dos tercios de nuestro déficit comercial provino de la compra de energía –combustibles fósiles- al exterior. Gastamos dos años después  50.000 millones de euros para importar el 75% de la energía que consumió la sociedad española. Un 20% de ella en nuestros hogares. Dos tercios de esa fracción en calentarnos y calentar agua. La ineficiencia energética de nuestros hogares –y el hecho de suplirla con combustibles fósiles importados- tiene un papel importante en justificar y mantener los recortes que sufrimos.

Por todo ello, ahora tiene una importancia crucial que nuestras viviendas sean derrochadoras de energía y que debamos liberarnos del yugo que nos impone esa ineficiencia en nuestra calidad de vida. ¿Cómo? Mejorando su eficiencia energética. Invirtiendo ahora en una calidad a la que no prestamos atención cuando adquirimos unas viviendas cuyo valor reposaba en gran manera sobre el valor del suelo, un valor especulativo que capturaba y devoraba cualquier rebaja en el precio de construcción obtenida menoscabando calidades de la vivienda, como su eficiencia energética. Un valor especulativo que se ha esfumado en gran medida dejándonos un valor de uso reducido que ahora nos produce costes adicionales. Cuando desde GTR proponemos la rehabilitación energética de la vivienda siempre hay alguien que nos dice que queremos volver a hacerle pagar su vivienda. No es que nosotros queramos, pero es así. Tiene que pagar ahora la parte de su vivienda que debía haber pagado para que fuese eficiente energéticamente y que dedicó a pagar el valor especulativo del suelo en el que se apoya, y debe hacerlo más pronto o más tarde o a la larga le saldrá aún más caro.

Y ya se sabe que nunca es buen momento para invertir en eficiencia energética. Cuando las cosas van bien, porque van bien y podemos pagar la energía y tenemos otras cosas en las que invertir que seguro que nos rentan más (o eso pensábamos). Cuando van mal –como ahora- porque lo que no está accesible es el capital para hacer la inversión (aunque es posible ir obteniéndolo de sucesivos ahorros bien invertidos mediante una estrategia bien articulada, y de eso hablaremos en otra edición de este blog). Y esa es una parte del problema que en GTR hemos tratado en profundidad para resolverla. La otra es que es un ejercicio de paciencia, de invertir y tener resultados a medio y largo plazo puesto que inmediatamente nuestra calidad de vida sólo mejora de forma indirecta con el aumento de la eficiencia energética. Quizá sólo colateralmente obtengamos una mejora de la calidad acústica y una reducción de las molestas corrientes de aire, pero la mejora de la eficiencia energética no produce ningún retorno en calidad de vida que justifique la inversión por sus resultados inmediatos.

Por eso la mejora de la eficiencia energética es de esas actividades propias de sociedades libres, de gente que construye su propio futuro, que quiere hacerse independiente de las ligaduras que le atan a tendencias inexorables. Y eso obliga también a interesarse por la eficiencia del modelo que le suministra la energía.

¡La eficiencia energética tiene que salir de casa!

Porque la eficiencia energética de la vivienda no se detiene en la acometida de la compañía que nos suministra la energía. Continúa más allá en función del modelo de captación, transformación y distribución que la alimenta. No vamos a hacer el esfuerzo de ser eficientes en casa y que no lo sea ni lo promueva el resto de la cadena de suministro. Y el autor de la carta a La Vanguardia lo enuncia bien claro cuando se queja de los precios que pagamos y de cómo somos esclavos de los acuerdos que el Estado tiene adquiridos con los operadores del sistema energético, acuerdos que nos dificultan grandemente adquirir nuestra independencia energética por medio de la eficiencia.

Porque del mismo modo que nuestra cultura del confort térmico en el hogar se construyó sobre un crecimiento de rentas y un decrecimiento de los precios de la energía que nos hacía insensibles a la eficiencia energética, nuestro modelo energético se ha criado también sobre él, con lo que nuestra atención sobre su estructura y evolución ha sido muy reducida. El ejemplo eléctrico debería hacernos enrojecer.

Nos comportamos como niños a los que contentan con un caramelo en forma de una contención de tarifas cuando a primeros de siglo se creyó que la subida del precio de la energía era coyuntural, y luego se volvió una deuda insoportable (el famoso déficit de tarifa) en el peor momento. Aceptamos que la tarifa eléctrica sea un galimatías donde hay de todo y no nos hemos ido preocupando cómo ha ido entrando cada cosa y por qué y para qué, y sólo ahora cada agente implicado quiere justificarse explicándonos su versión de la historia. O que se tomasen decisiones de garantía de inversiones para cubrir predicciones de demandas de potencia eléctrica que no se hacen realidad (como ha pasado en general con todas las infraestructuras), sin que haya habido un debate social sobre el modelo y sus consecuencias. O que ello sea ahora un impedimento para la mejora de la eficiencia energética porque reducir el consumo no reduzca proporcionalmente la factura, y que se castigue con multas inasumibles el libre uso de la energía solar para que no eludamos el pago de esas infraestructuras ahora inútiles. Y ello mientras nos obligan a pagar a precios elevados una energía nuclear producida por centrales amortizadas y generando residuos que habrá que tratar durante miles de años difiriendo así sus costes reales.

Ahora no podemos romper la baraja y desentendernos de compromisos frente a los que hemos sido pasivos, aunque no está de más preguntarse por la responsabilidad de expresidentes de Gobierno y altos cargos ahora en consejos de administración de empresas con las que estamos enredados en ese tema, y reclamar una justa distribución de las cargas. Pero ello no ha de impedirnos –al contrario, debe impelernos y darnos argumentos para hacerlo-  debatir sobre el modelo energético que queremos tener e ir substituyendo el actual. A qué objetivos debe responder y a qué escenarios debe enfrentarse. Y tomar decisiones responsables para transformar nuestro modelo actual hacia un modelo que nos libere de un futuro de costes de energía crecientes y nos haga lo más independientes posible de los combustibles fósiles.

Como la mejora de la eficiencia energética en nuestro hogar, se trata de un proceso lento y trabajoso. Sin beneficios inmediatos que nos motiven. Pero es un debate ineludible para nuestro futuro en el que hemos de reclamar claridad y alcanzar comprensión en el debate. Porque somos nosotros los que vamos a condicionar nuestro futuro con él. Porque la eficiencia energética no es en el fondo sino eso: una forma de hacernos responsables de nuestro futuro.